
Libro Cuaderno del Okapi

Aquellos interesados en recibir el libro firmado por el autor, pueden ponerse en contacto mediante correo electrónico en las siguientes direcciones: presentalibro@yahoo.es o bien en fmcantero@yahoo.es
Estaremos encantados de enviarles un ejemplar.
Un Okapi en la Casa de Cervantes

Esto está lleno de humanos, pensaría mi Okapi de haber venido. No lo ha hecho (ya lo ven), a pesar de todos mis ruegos e insistencia, pidiéndome que le disculpe en su nombre, aunque toda excusa se quede corta ante tamaña decepción. Yo sé que es tímido, que prefiere corretear por el campo, olisquear las flores de invierno o echar una cabezada bajo un rayo de sol. Lleva días sin poder pegar ojo, y apenas come debido (dice él) a una luciérnaga que no cesa de hacerse un nido dentro de su estómago.
No hay pretexto para no ir, le he dije anoche antes de irnos a dormir. Pero hete aquí que esta mañana, al señalarle con entusiasmo el cuarto menguante del calendario, se ha fijado en el santoral en vez de en la luna, cayendo en la cuenta de que hoy es día de San Antón, motivo por el que (además de ser muy curioso) se ha ido a hacer cola a la puerta de una iglesia, entre mulas y gallinas, para que le den la bendición.
Solo me gustaría estar allí para ver la asombrada cara del cura, helándosele el hisopo en la mano cuando lo vea venir de frente (o de espaldas, que para eso es un okapi), perplejo y boquiabierto ante la maravilla. Mi Okapi (le muy conozco bien) pestañeará muy deprisa, cerrando los ojos e inclinándose para recibir el agua bendita. Luego, calado de alegría, esperará con expectación que el rocío le haya iluminado las listas de sus cuartos traseros, mirando a su espalda (como es preceptivo en cualquier okapi), para comprobar de paso la posibilidad de que bien pudieran haberle brotado unas enormes alas en el lomo, soñando con revolotear por las copas de los árboles.
Yo sé, en el fondo, que ese gesto es su manera de dar la bienvenida a su libro.
***
Mi Okapi y yo queremos dar las gracias al Museo Casa Natal de Cervantes por acogernos hoy en la presentación de nuestro libro, y en particular a su coordinadora, Aránzazu Urbina Álvarez, por abrirnos de par en par las puertas de esta cuna cervantina. No hay mejor fianza literaria, pues las veces que he recorrido sus estancias no he dejado de imaginar que todavía se siguen sucediendo intrigas entre estos muros, como fantasmas dispuestos a habitar el imaginario de cualquier escritor. Caballeros contando a media voz sus correrías a la luz de las velas; el suspiro de alguna dama impaciente mirando la calle entre el cortinaje; mozos y criadas persiguiéndose alrededor del pozo; el afilado desenvainar de una espada; el relinche de un caballo y un llanto ahogado tras la puerta. Y en fin, el largo verano de los siglos apostado en el patio, testigo de las risas de comedia y de los llantos ahogados en la intimidad de las alcobas. Pero sobre todo, del silencio de la creación afanado en volver una y otra vez al tintero para dar testimonio de todos estos sentimientos y aventuras.
También quiero agradecerle al maestro Salvador Arias el elogio de sus palabras, alabando su ingenio, su conocimiento y su extraordinaria trayectoria en tantos campos, pero sobre todo por su generosidad. A mi vez, esta tarde quiero rendir homenaje a su presencia en la Cueva de Cervantes, si se me permite hacerlo entre estas extrañas páginas habitadas por okapis y robinsones. Me siento orgulloso de darle la mano, pues no solo es diestra en el buen hacer de los versos y de tantos otros saberes, sino que también ha sido saludada con admiración por los grandes poetas de nuestras letras. Así pues, quiero guardar este apretón de manos (además de sus palabras) como un talismán de la continuidad de la Literatura desde el primer juglar hasta Cervantes, desde los días de Don Quijote al día de hoy, pasándonos el testigo unos a otros a través de las generaciones bajo el pretexto de tener algo que contar en cada siglo por aquellos que nos dedicamos a escribir.
No quiero olvidar tampoco a Abel de Lamo, mi editor, por la confianza demostrada desde el principio en este libro, cuidando al detalle todos sus aspectos hasta conseguir una buena edición, demostrado su paciencia ante mis peticiones de última hora sobre la supresión o no de una coma o el cambio de una palabra por otra más precisa.
Y por su puesto, a todos los aquí presentes: a mis familiares (destacando, entre todos, a mi madre por haberme leído el primer cuento) y a mis amigos, con los que tantas tazas de café e insomnio he compartido, desparramando cuartillas por las mesas y señalando esta o aquella historia aún por contar. Agradezco el apoyo incondicional de todos ellos, así como su confianza en mis tachones más que en las palabras, pues eran la garantía de que me levantaba temprano para escribir. El libro que tienen en sus manos ha sido escrito a lo largo de un año, fruto de una apuesta entre su autor, la propia escritura y el tiempo, surgiendo espontáneamente con el propósito de escribir una vez al mes un relato o poema con el compromiso de publicarlo de forma inmediata en una fecha concreta en un blog, llamado Cuaderno del Okapi.
Asimismo, el proceso de escritura fue una tarea impuesta por la misma vocación literaria, y su origen no es otro que el empeño personal de tener un proyecto posible entre manos, llevado a cabo en la vorágine de una época con muchos quehaceres. Cuando escribí la primera línea no imaginaba en aquel instante que, justamente un año después y a modo de regalo, esos textos volverían a mí en forma de libro.
El blog comenzó a ser editado en octubre de 2007, un día después de mi cumpleaños. Era un miércoles presidido por la luna menguante. Escribí y publiqué el exordio, y a la hora de buscar un buen augurio para este empeño, caí en la cuenta de que yo también había nacido bajo el influjo de esa misma luna, otorgándole desde ese momento el sentido de la Renovación. Mercurio, el dios de las transacciones, sería el encargado de promocionarlo. A partir de ese día, todos los textos debían ser publicados durante el periodo de la luna menguante de cada mes. Mi intención en ese momento era la de narrar, a través de ese compromiso, el largo periplo de un personaje, Durandán, que acompañado por su Okapi se lanzaba a la búsqueda del amor a través de un viaje imaginario, sin entonces saberlo exitoso o malogrado. En este sentido, su argumento podría insertarse en la propia tradición quijotesca en cuanto a la apuesta por causas perdidas, y porque la aventura siempre les asalta y sucede en el camino. Poco a poco, a lo largo de un año, fui editando una serie de relatos poéticos y poemas en prosa, ahora reunidos bajo otro formato y en otro soporte, cerrándose así el proceso de un libro que se ha ido haciendo solo. Esta empresa fue llevada a cabo a lo largo de un año desde su creación, alcanzando el tiempo exacto de una traslación completa de la Tierra alrededor del Sol.
El origen del libro es, por tanto, un blog. Decidí adaptarme a este nuevo soporte ofrecido por la Red para la creación literaria del siglo XXI, el cual permite la autoedición inmediata de los textos. Por su naturaleza miscelánea, me dediqué a elaborar un cuaderno literario compuesto exclusivamente por relatos y poemas. Otra de las características del blog es la imagen como elemento vinculado al texto, incorporada a este como un procedimiento expresivo más. En este sentido, las ilustraciones que acompañan a cada uno de los títulos de este libro fueron realizadas con la intención de mostrar una alegoría evocadora de la historia a contar.
Más arriba he dicho que la característica principal del blog literario es su naturaleza miscelánea: el Cuaderno del Okapi es, ante todo, un cuaderno literario. Así, los veinticinco textos que lo componen tienen en común el hecho de haber sido escritos sin responder a un previo plan de escritura, siendo organizados de tal manera que el lector entra en ellos siguiendo un posible camino trazado de antemano, guiado por Durandán y su Okapi.
Elegí al okapi como mi animal totémico por representar en sí mismo una curiosidad dentro del mundo animal, y por esta razón, una fábula posible. Al precederle su leyenda como híbrido ancestral de la unión entre jirafa y cebra, podría dudarse de si se trata de un animal real o uno mitológico, habiendo podido comprobar todavía hoy que hay quien se asombra de su existencia después de llegarle la primera noticia a través de cualquier comentario o imagen. El okapi es, además, un animal que persigue su instinto de libertad absoluta, pudiendo llegar a morir de melancolía por haber sido encerrado y privado de su libertad, como sucede en los zoos, muchos de los cuales suelen hacer de él su emblema. Su destino es, en consecuencia, el viaje constante y errático hacia la conquista de su libertad, llegando a poblar los lugares más inverosímiles del planeta. Yo mismo me encontré uno en la Estación Victoria de Fráncfort del Meno, ajeno al trasiego de la gente, meditando el mundo a través de sus ojos de fantasía.
El Okapi es, por tanto, uno de los guías de este libro. El otro es Durandán, a su vez narrador de historias, ensayista y poeta de sueños posibles. Su propuesta es la incansable búsqueda del verdadero amor, y de su mano nos adentramos por las páginas de su historia, siguiendo su camino al encuentro de los personajes que lo asaltan y su parábola reflexiva en cada episodio.
Como se ha dicho, el hilo conductor de este cuaderno literario es el amor a través de la alegoría de Durandán y su Okapi, pero igualmente está compuesto de otros relatos, varios poemas en prosa, un soneto y cuatro microrrelatos a los que yo llamo Descuentos, los cuales concentran sus argumentos a la manera de los aforismos. Al igual que su Okapi, la materia de este libro es asimismo híbrida, conformada por la alternancia entre sus páginas de prosa y poesía. Esta compilación de relatos y poemas configura a su vez la revisión de ciertos mitos literarios que siempre me han acompañado, desde Ícaro o Luzbel, pasando por la pseudoliteratura, a Don Quijote o Robinsón. Por otro lado, he sido consciente de un hallazgo; y es que, habiendo yo nacido en la Meseta y siendo más fluvial que marino, me ha sorprendido la constante presencia del mar y las islas a lo largo de estos textos, sin llegar a representar propiamente el mar o las islas como tales, sino más bien convertidos uno y otros en símbolos de otros espacios y estados de ánimo. Bien es verdad que a lo largo de este último año he contemplado el mar casi a diario, así como también he recorrido un par de islas (y otra más que no se encuentra en ningún mapa), pero en cualquier caso estas experiencias fueron posteriores al acto de escribir.
Entre todos estos relatos y poemas quisiera detenerme un instante en uno de estos últimos, un soneto muy entrañable para mí, titulado A Caronte y recogido en este libro. Fue escrito (sin pretenderlo) una tarde de verano sin sol ni lluvia, y luego relegado al olvido entre otros papeles hasta que lo rescaté para el blog, llamando la atención de Félix Alcolea, quien otra tarde del año pasado me dio la grata sorpresa de cantarlo al final de una actuación, acompañado al violín. No solo quiero agradecerle el haber podido escuchar por primera vez mi único soneto convertido en canción, donde la voz poética encontró cauce propio en su voz, sino que también quiero reconocer desde aquí su voluntad, empeño y entusiasmo por apoyar y difundir en todo momento este proyecto literario.
Hoy recibe la presentación de este libro Alcalá de Henares, tierra natal de Cervantes, y tanto yo como los personajes que dan voz a sus historias nos sentimos cumplidores de un sueño al saber que el Cuaderno del Okapi emprende su camino por el mundo desde un lugar que tanto significa para la Literatura española en general, y en particular para los imaginarios de muchos autores, entre los que me encuentro. Podría exponer varios augurios y significados de este apadrinamiento, pero prefiero dejar volar la imaginación suponiendo el viaje de Durandán y su Okapi por tierras castellanas al encuentro de Don Quijote, quien en nada se extrañaría ante la maravilla de descubrir a tan extraña pareja. Y así como en sus páginas se descubren tres relatos de inspiración propiamente cervantina, Durandán, simulando abrir el libro al azar, podría confirmarle al Caballero Andante la certeza de que su historia está siendo escrita por Cide Hamete Benengeli, cuya pluma tiene un lugar en este libro; o bien afianzar la vocación del Caballero de la Mancha en su afán por devolver el orden al caos del mundo reflejado en los libros de caballerías, así como la voz angustiosa de un escudero rogando el regreso de Rocinante al camino para salvar el desorden de la Justicia.
Tampoco olvido Complutum ni sus voces en latín, evocadas a lo largo del libro a propósito de algunas de sus historias. Quien sabe si entre sus límites fue leído alguna vez el libro de Volumnio Valens sobre el poeta Lucilio, o los poemas de este corriendo de boca en boca entre los soldados legionarios. El latín asoma entre líneas como lengua poética, mostrando su lado más humano a la vez que sagrado, aunque también a través de locuciones a modo de fórmulas mágicas que en cualquier caso hacen las delicias de Casio Silesius, otro de los personajes de este libro.
Hoy les entrego esta colección de historias que de alguna forma dejarán de pertenecerme por completo, esperando que a lo largo del libro encuentren alguna palabra, perspectiva o emoción que les aporte algo y, en ese sentido, lo hagan suyo.
Esta noche comienza la primera luna menguante de este año: buen momento para empezar a leerlo.
No hay pretexto para no ir, le he dije anoche antes de irnos a dormir. Pero hete aquí que esta mañana, al señalarle con entusiasmo el cuarto menguante del calendario, se ha fijado en el santoral en vez de en la luna, cayendo en la cuenta de que hoy es día de San Antón, motivo por el que (además de ser muy curioso) se ha ido a hacer cola a la puerta de una iglesia, entre mulas y gallinas, para que le den la bendición.
Solo me gustaría estar allí para ver la asombrada cara del cura, helándosele el hisopo en la mano cuando lo vea venir de frente (o de espaldas, que para eso es un okapi), perplejo y boquiabierto ante la maravilla. Mi Okapi (le muy conozco bien) pestañeará muy deprisa, cerrando los ojos e inclinándose para recibir el agua bendita. Luego, calado de alegría, esperará con expectación que el rocío le haya iluminado las listas de sus cuartos traseros, mirando a su espalda (como es preceptivo en cualquier okapi), para comprobar de paso la posibilidad de que bien pudieran haberle brotado unas enormes alas en el lomo, soñando con revolotear por las copas de los árboles.
Yo sé, en el fondo, que ese gesto es su manera de dar la bienvenida a su libro.
***
Mi Okapi y yo queremos dar las gracias al Museo Casa Natal de Cervantes por acogernos hoy en la presentación de nuestro libro, y en particular a su coordinadora, Aránzazu Urbina Álvarez, por abrirnos de par en par las puertas de esta cuna cervantina. No hay mejor fianza literaria, pues las veces que he recorrido sus estancias no he dejado de imaginar que todavía se siguen sucediendo intrigas entre estos muros, como fantasmas dispuestos a habitar el imaginario de cualquier escritor. Caballeros contando a media voz sus correrías a la luz de las velas; el suspiro de alguna dama impaciente mirando la calle entre el cortinaje; mozos y criadas persiguiéndose alrededor del pozo; el afilado desenvainar de una espada; el relinche de un caballo y un llanto ahogado tras la puerta. Y en fin, el largo verano de los siglos apostado en el patio, testigo de las risas de comedia y de los llantos ahogados en la intimidad de las alcobas. Pero sobre todo, del silencio de la creación afanado en volver una y otra vez al tintero para dar testimonio de todos estos sentimientos y aventuras.
También quiero agradecerle al maestro Salvador Arias el elogio de sus palabras, alabando su ingenio, su conocimiento y su extraordinaria trayectoria en tantos campos, pero sobre todo por su generosidad. A mi vez, esta tarde quiero rendir homenaje a su presencia en la Cueva de Cervantes, si se me permite hacerlo entre estas extrañas páginas habitadas por okapis y robinsones. Me siento orgulloso de darle la mano, pues no solo es diestra en el buen hacer de los versos y de tantos otros saberes, sino que también ha sido saludada con admiración por los grandes poetas de nuestras letras. Así pues, quiero guardar este apretón de manos (además de sus palabras) como un talismán de la continuidad de la Literatura desde el primer juglar hasta Cervantes, desde los días de Don Quijote al día de hoy, pasándonos el testigo unos a otros a través de las generaciones bajo el pretexto de tener algo que contar en cada siglo por aquellos que nos dedicamos a escribir.
No quiero olvidar tampoco a Abel de Lamo, mi editor, por la confianza demostrada desde el principio en este libro, cuidando al detalle todos sus aspectos hasta conseguir una buena edición, demostrado su paciencia ante mis peticiones de última hora sobre la supresión o no de una coma o el cambio de una palabra por otra más precisa.
Y por su puesto, a todos los aquí presentes: a mis familiares (destacando, entre todos, a mi madre por haberme leído el primer cuento) y a mis amigos, con los que tantas tazas de café e insomnio he compartido, desparramando cuartillas por las mesas y señalando esta o aquella historia aún por contar. Agradezco el apoyo incondicional de todos ellos, así como su confianza en mis tachones más que en las palabras, pues eran la garantía de que me levantaba temprano para escribir. El libro que tienen en sus manos ha sido escrito a lo largo de un año, fruto de una apuesta entre su autor, la propia escritura y el tiempo, surgiendo espontáneamente con el propósito de escribir una vez al mes un relato o poema con el compromiso de publicarlo de forma inmediata en una fecha concreta en un blog, llamado Cuaderno del Okapi.
Asimismo, el proceso de escritura fue una tarea impuesta por la misma vocación literaria, y su origen no es otro que el empeño personal de tener un proyecto posible entre manos, llevado a cabo en la vorágine de una época con muchos quehaceres. Cuando escribí la primera línea no imaginaba en aquel instante que, justamente un año después y a modo de regalo, esos textos volverían a mí en forma de libro.
El blog comenzó a ser editado en octubre de 2007, un día después de mi cumpleaños. Era un miércoles presidido por la luna menguante. Escribí y publiqué el exordio, y a la hora de buscar un buen augurio para este empeño, caí en la cuenta de que yo también había nacido bajo el influjo de esa misma luna, otorgándole desde ese momento el sentido de la Renovación. Mercurio, el dios de las transacciones, sería el encargado de promocionarlo. A partir de ese día, todos los textos debían ser publicados durante el periodo de la luna menguante de cada mes. Mi intención en ese momento era la de narrar, a través de ese compromiso, el largo periplo de un personaje, Durandán, que acompañado por su Okapi se lanzaba a la búsqueda del amor a través de un viaje imaginario, sin entonces saberlo exitoso o malogrado. En este sentido, su argumento podría insertarse en la propia tradición quijotesca en cuanto a la apuesta por causas perdidas, y porque la aventura siempre les asalta y sucede en el camino. Poco a poco, a lo largo de un año, fui editando una serie de relatos poéticos y poemas en prosa, ahora reunidos bajo otro formato y en otro soporte, cerrándose así el proceso de un libro que se ha ido haciendo solo. Esta empresa fue llevada a cabo a lo largo de un año desde su creación, alcanzando el tiempo exacto de una traslación completa de la Tierra alrededor del Sol.
El origen del libro es, por tanto, un blog. Decidí adaptarme a este nuevo soporte ofrecido por la Red para la creación literaria del siglo XXI, el cual permite la autoedición inmediata de los textos. Por su naturaleza miscelánea, me dediqué a elaborar un cuaderno literario compuesto exclusivamente por relatos y poemas. Otra de las características del blog es la imagen como elemento vinculado al texto, incorporada a este como un procedimiento expresivo más. En este sentido, las ilustraciones que acompañan a cada uno de los títulos de este libro fueron realizadas con la intención de mostrar una alegoría evocadora de la historia a contar.
Más arriba he dicho que la característica principal del blog literario es su naturaleza miscelánea: el Cuaderno del Okapi es, ante todo, un cuaderno literario. Así, los veinticinco textos que lo componen tienen en común el hecho de haber sido escritos sin responder a un previo plan de escritura, siendo organizados de tal manera que el lector entra en ellos siguiendo un posible camino trazado de antemano, guiado por Durandán y su Okapi.
Elegí al okapi como mi animal totémico por representar en sí mismo una curiosidad dentro del mundo animal, y por esta razón, una fábula posible. Al precederle su leyenda como híbrido ancestral de la unión entre jirafa y cebra, podría dudarse de si se trata de un animal real o uno mitológico, habiendo podido comprobar todavía hoy que hay quien se asombra de su existencia después de llegarle la primera noticia a través de cualquier comentario o imagen. El okapi es, además, un animal que persigue su instinto de libertad absoluta, pudiendo llegar a morir de melancolía por haber sido encerrado y privado de su libertad, como sucede en los zoos, muchos de los cuales suelen hacer de él su emblema. Su destino es, en consecuencia, el viaje constante y errático hacia la conquista de su libertad, llegando a poblar los lugares más inverosímiles del planeta. Yo mismo me encontré uno en la Estación Victoria de Fráncfort del Meno, ajeno al trasiego de la gente, meditando el mundo a través de sus ojos de fantasía.
El Okapi es, por tanto, uno de los guías de este libro. El otro es Durandán, a su vez narrador de historias, ensayista y poeta de sueños posibles. Su propuesta es la incansable búsqueda del verdadero amor, y de su mano nos adentramos por las páginas de su historia, siguiendo su camino al encuentro de los personajes que lo asaltan y su parábola reflexiva en cada episodio.
Como se ha dicho, el hilo conductor de este cuaderno literario es el amor a través de la alegoría de Durandán y su Okapi, pero igualmente está compuesto de otros relatos, varios poemas en prosa, un soneto y cuatro microrrelatos a los que yo llamo Descuentos, los cuales concentran sus argumentos a la manera de los aforismos. Al igual que su Okapi, la materia de este libro es asimismo híbrida, conformada por la alternancia entre sus páginas de prosa y poesía. Esta compilación de relatos y poemas configura a su vez la revisión de ciertos mitos literarios que siempre me han acompañado, desde Ícaro o Luzbel, pasando por la pseudoliteratura, a Don Quijote o Robinsón. Por otro lado, he sido consciente de un hallazgo; y es que, habiendo yo nacido en la Meseta y siendo más fluvial que marino, me ha sorprendido la constante presencia del mar y las islas a lo largo de estos textos, sin llegar a representar propiamente el mar o las islas como tales, sino más bien convertidos uno y otros en símbolos de otros espacios y estados de ánimo. Bien es verdad que a lo largo de este último año he contemplado el mar casi a diario, así como también he recorrido un par de islas (y otra más que no se encuentra en ningún mapa), pero en cualquier caso estas experiencias fueron posteriores al acto de escribir.
Entre todos estos relatos y poemas quisiera detenerme un instante en uno de estos últimos, un soneto muy entrañable para mí, titulado A Caronte y recogido en este libro. Fue escrito (sin pretenderlo) una tarde de verano sin sol ni lluvia, y luego relegado al olvido entre otros papeles hasta que lo rescaté para el blog, llamando la atención de Félix Alcolea, quien otra tarde del año pasado me dio la grata sorpresa de cantarlo al final de una actuación, acompañado al violín. No solo quiero agradecerle el haber podido escuchar por primera vez mi único soneto convertido en canción, donde la voz poética encontró cauce propio en su voz, sino que también quiero reconocer desde aquí su voluntad, empeño y entusiasmo por apoyar y difundir en todo momento este proyecto literario.
Hoy recibe la presentación de este libro Alcalá de Henares, tierra natal de Cervantes, y tanto yo como los personajes que dan voz a sus historias nos sentimos cumplidores de un sueño al saber que el Cuaderno del Okapi emprende su camino por el mundo desde un lugar que tanto significa para la Literatura española en general, y en particular para los imaginarios de muchos autores, entre los que me encuentro. Podría exponer varios augurios y significados de este apadrinamiento, pero prefiero dejar volar la imaginación suponiendo el viaje de Durandán y su Okapi por tierras castellanas al encuentro de Don Quijote, quien en nada se extrañaría ante la maravilla de descubrir a tan extraña pareja. Y así como en sus páginas se descubren tres relatos de inspiración propiamente cervantina, Durandán, simulando abrir el libro al azar, podría confirmarle al Caballero Andante la certeza de que su historia está siendo escrita por Cide Hamete Benengeli, cuya pluma tiene un lugar en este libro; o bien afianzar la vocación del Caballero de la Mancha en su afán por devolver el orden al caos del mundo reflejado en los libros de caballerías, así como la voz angustiosa de un escudero rogando el regreso de Rocinante al camino para salvar el desorden de la Justicia.
Tampoco olvido Complutum ni sus voces en latín, evocadas a lo largo del libro a propósito de algunas de sus historias. Quien sabe si entre sus límites fue leído alguna vez el libro de Volumnio Valens sobre el poeta Lucilio, o los poemas de este corriendo de boca en boca entre los soldados legionarios. El latín asoma entre líneas como lengua poética, mostrando su lado más humano a la vez que sagrado, aunque también a través de locuciones a modo de fórmulas mágicas que en cualquier caso hacen las delicias de Casio Silesius, otro de los personajes de este libro.
Hoy les entrego esta colección de historias que de alguna forma dejarán de pertenecerme por completo, esperando que a lo largo del libro encuentren alguna palabra, perspectiva o emoción que les aporte algo y, en ese sentido, lo hagan suyo.
Esta noche comienza la primera luna menguante de este año: buen momento para empezar a leerlo.
Lo dejo en sus manos.
Espacio en blanco

El sueño de Casio Silesius es el de ser personaje literario, razón por la que siempre se cuela en cualquier argumento, desde los que se emborronan en un manuscrito a aquellos que quedan suspendidos en la imaginación del escritor. Suele aparecer por arte de magia en cualquier trama: en las entrelíneas de una novela, en los paréntesis de una escena de teatro y hasta en el discurso de los propios personajes que intuyen su presencia en la levedad de sus vidas. Incluso, es capaz de deslizarse en los versos, siendo sus favoritos aquellos que concluyen en puntos suspensivos… Sin un relato propio que referir, Casio Silesius ha acabado refugiándose en borradores inconclusos, convirtiéndose en un narrador de historias imposibles, sin principio ni fin. Cuando el escritor atraviesa una época de bloqueo o bien encalla en el embrollo de su prosa, Casio Silesius aparece con los bolsillos llenos de historias desechadas en otro tiempo y ordenadamente recogidas en un Cuaderno de notas que vuelve a ofrecerle a su autor: un legajo de papeles desordenados y con los bordes desgastados por del paso del tiempo. En él puede apreciarse desde el balbuceo de las primeras frases a la línea recta de un pensamiento bien trazado en su reflexión. Entre estos apuntes, resaltan algunos dibujos garabateados en los márgenes de las páginas, como estrellas y espirales que constatan un alto en la escritura durante la que el escritor solía meditar al asalto de una palabra o idea.
De esta manera, Casio Silesius no solo conoce el placer de vagar entre los textos de la ficción (aunque su existencia nunca cuaje en una determinada historia), sino que también ...
* * *
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Cuaderno del Okapi
© Fernando Rosado
Minotauro

Cayó la espada...
La luz enrojecida del atardecer se le deshizo en la boca y un pensamiento oscuro derrumbó los confines del Laberinto. Mientras moría...
La luz enrojecida del atardecer se le deshizo en la boca y un pensamiento oscuro derrumbó los confines del Laberinto. Mientras moría...
* * *
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Anima mundi
Unos cangrejos crusoe fueron testigos de estos hechos.El sol de la tarde resplandecía en el cielo cuando varios niños bajaron corriendo hasta la playa con la idea de construir un enorme castillo de arena. Tras ellos, sus padres tomaron el camino del acantilado, desde donde podrían vigilar sus juegos y la distancia del mar.
Agazapados entre la espuma, los cangrejos observaron a los niños erigiendo el castillo: cubos y cubos de agua y arena. Poco a poco, la masa de tierra fue cobrando su forma de fantasía, rodeada de almenas y con una gran torre en su interior que los más pequeños coronaron con cantos rodados y conchas marinas. Después, levantaron una muralla a su alrededor, y con los dedos dibujaron la puerta y abrieron troneras en las almenas. Por fin, lo contemplaron satisfechos, habitándolo con los seres encantados de su imaginación mientras esperaban a que sus padres regresaran del acantilado, donde enredaban entre las rocas en sabe Dios qué menesteres, pues los cangrejos no prestaron demasiada atención.
Más tarde, la playa quedó desierta y la arena se tiñó de un color rosáceo que ensombreció la torre del castillo. Sobre ella se alzó la luna, y...
* * *
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Tritonada

Uno de los monumentos más visitados del mundo es la Fontana de Trevi, pero paradójicamente también es el único que los turistas nunca se paran a contemplar, tan solo deseando integrarse en él como una parte más del conjunto escultórico.
Por esta razón, nadie se había percatado de que uno de los tritones (aquel a quien cierta vez un narrador llamó Antropix, situado a la izquierda del dios del Mar), había desprendido uno de sus dedos de la rienda con la que intenta frenar a su caballo marino. Fue uno de los poceros encargados de limpiar la fuente quien descubrió el prodigio al seguir la pista de un fuerte olor a pescado podrido que emponzoñaba el agua, encontrándose con la mirada sin vida del tritón.
Comunicado el hallazgo a las autoridades, se procedió a una exhaustiva (y secreta) investigación del extraño suceso ocurrido en la Fontana, así como a esculpir una réplica exacta de la estatua que reemplazara a la original, desmontando esta y sustituyéndola muy entrada la noche, momento en que la plaza estaba desierta y preservada de miradas curiosas o cualquier otra intromisión.
La estatua se dejó caer entre los brazos de los operarios, y su cuerpo yaciente fue llevado a...
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© Fernando Rosado
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